Huella, permanencia y resistencia íntima
Transitando entre trazos no fue una obra que se mostrara: fue un espacio que se atravesó.
Una instalación inmersiva en la que el cuerpo del visitante transitaba por el trazo, caminaba entre él, lo desdibujaba y lo prolongaba. La tierra blanca, la caseína, la luz negra, el aroma de la mirra y petrícor conformaban un territorio sensible en el que el tiempo se ralentizaba y la experiencia se volvía densa, casi táctil.
Nada aquí, en esta instalación, aspiraba a la estabilidad. Todo estaba expuesto al desgaste, a la gravedad, al paso. La caída de la caseína no supuso un colapso del sentido, sino su desplazamiento: el tránsito dejó de ser solo recorrido para convertirse en huella.
El concierto-performance como acontecimiento
El concierto-performance final que tuvo lugar junto al violonchelista Miguel Baró, no actuó como cierre narrativo ni como muestra sonora, sino como acontecimiento. El sonido del cello atravesó el espacio junto a las piezas sonoro-viuales de la exposición marcado por el tránsito. Tres movimientos, tres lugares, dos intérpretes. No añadió una capa más: descordó lo existente.
Tras ese gesto, la instalación deja de existir. y solo queda la huella.
Las vitrinas: lo que queda, la huella
Las tres urnas que hoy permanecen —Transitando entre trazos— no conservan la instalación: conservan su resto.
No funcionan como archivo cerrado ni como reconstrucción, sino como espacios de resistencia íntima.
En ellas se agrupan:
- Hilos, tensiones suspendidas que recuerdan el gesto de ‘coser’ entre las paredes sin fijarlo.
- Rama, eje orgánico que sostiene y acusa el paso del tiempo, de lo puro, de la naturaleza.
- Caseína, materia caída, fragmentada, muestra de la huella.
Las bandejas con restos de mirra y petrícor no evocan un ambiente pasado, sino que mantienen activa una memoria sensorial mínima, casi doméstica, que insiste sin imponerse.
Aquí, la resistencia es una resistencia baja, silenciosa, cotidiana: la de lo que persiste sin reclamar atención, la de lo que permanece sin cerrarse del todo. En el sentido que señala Esquirol, estas piezas sostienen una resistencia íntima frente a la aceleración, frente al olvido, frente a la desaparición total de la experiencia.
Estas vitrinas no clausuran la exposición. La desplazan.
Son el lugar donde el tránsito se vuelve sedimentación, donde la experiencia se contrae en fragmento.
No explican lo ocurrido: lo atestiguan.
Transitando entre trazos no termina aquí.
Aquí queda.








